Salimos de la taquería, tomamos una rutera, ya casi eran las 5:00 pm. Acordamos en salir a un salón de la Ugarte; así que quedamos en primero llegar a mi casa, bañarme, cambiarme e irnos a la de ella a hacer lo mismo. Cuando llegamos, mientras yo me cambiaba, ella abrió el refrigerador y vio que había medio galón de leche Lucerna, varios cuadritos de queso tipo americano y como medio kilo de tortilla de maíz; abrió la alacena y vio que teníia un frasco grande de café dolca; se fue a mi cuarto a sentarse en la orilla de la cama y, creo que viendo mi raquítica depensa no le quedó mas que invitarme a comer a su casa, "bueno a la de mi mamá" - recalcó- "las veces que quieras" .
Total, al salir de su casa, los planes cambiaron y decidimos ir a ver a Patty, a ver si si aún vivía en la casa que rentaba por el Smart Pradera. Ya no vivía ahí, se había regresado a Gómez Palacio y la casa la había pasado a sus papás y hermanos. Caminando nos devolvimos a la Panamericana por toda la Rivera Lara y tomamos la caca- torce hacia el centro. Al llegar al centro, me sugirió cambio de planes, y me dijo que quería ir al bar de los cuadros (El Chess), o sea, ya no al salón de la Ugarte. No soy intuitivo, soy muy despistado pero esa vez no sé porqué sospeché su intención. No dije nada, solo me deje llevar. Al llegar a la puerta del antro maquilero, ella se sacó un billete y pagó; entramos y el lugar no me gustó.
Total, al salir de su casa, los planes cambiaron y decidimos ir a ver a Patty, a ver si si aún vivía en la casa que rentaba por el Smart Pradera. Ya no vivía ahí, se había regresado a Gómez Palacio y la casa la había pasado a sus papás y hermanos. Caminando nos devolvimos a la Panamericana por toda la Rivera Lara y tomamos la caca- torce hacia el centro. Al llegar al centro, me sugirió cambio de planes, y me dijo que quería ir al bar de los cuadros (El Chess), o sea, ya no al salón de la Ugarte. No soy intuitivo, soy muy despistado pero esa vez no sé porqué sospeché su intención. No dije nada, solo me deje llevar. Al llegar a la puerta del antro maquilero, ella se sacó un billete y pagó; entramos y el lugar no me gustó.
Mientras yo lo recortaba y recortaba la fauna del sitio me metió un codazo para pasarme una cerveza que había ya pagado, la acepté y le di un gran trago; dimos una vuelta al lugar, alrededor de la pista y ahí estaba René, en un rincón. Nos acercamos. Se abrazaron y se besaron apasionada y largamente. Cuando hubieron terminado, aún con las babas de Norma en los labios, el movió la cabeza a modo de saludo pero esta vez ya no me miró a los ojos. Noté que estaba mucho más delgado. A pesar de las ganas de seguir con ella para seguir la parranda, sabía que hacía mal tercio y me resigné a obedecer el onceavo mandamiento, así que de dos o tres grandes sorbos me acabé la cerveza, me despedí de ambos. De ella me despedí diciéndole que la vería mañana u otro día, de él con un byes.
Ese "mañana u otro día" llego casi dos años después, una tarde que tomé la rutera en la Panamericana para ir al Tec; ahí iba ella, ya no sola, bueno, si iba sola pero embarazada. El gusto por vernos fue igual al de la vez que regreso de Durango pero esa vez fue menos efusivo. Me dijo que ya estaba viviendo con él (René) en una casa de por el centro de la ciudad; me dijo los días y horas la encontraba con su abuelita y con su mamá para planear ir a comer y de pasada visitarla. Un fin de semana, acordándome que aún no le entregaba los cassettes de Emmanuel y de El Pirulí a la mamá, preferí visitarla en la casa de la abuelita, allá por el centro de Juárez, ahí por la Velarde, a un lado de la Escuela Revolución. Lo que me dijo y peor, de lo que me di cuenta, me rompió el corazón y no me lo dijo ella, me lo dijo el brillo en los huidizos ojos de René.
Comprendiendo toda la trama del cuento en cuestión de un segundo, ella y yo nos encaminamos a la puerta por unas flautas a un puesto de la esquina. Las pidió con mucha crema y guacamole. Esperamos para que las preparara el cuarentón señor de camisa blanca percudida y delantal blanco. Tomamos el paquete y nos fuimos de regreso a la casa de Norma. Vimos que disimuladamente salía una persona flaca y alta, con aspecto de malilla. ¿Qué tendría que hacer un malilla con un vaquero botudo medio barrigón bajado de un pueblo de Durango con un cholo con pantalones aguados y camisa interior blanca desfajada? De lo que pensé antes de ir por las flautas ya no me quedaba duda. Seguía culeramente enganchado en las drogas.
Llegamos a la casa, nos sentamos y Norma abrió el paquete de flautas, su pequeña estaba con nosotros, con los cachetes delatando la falta de aseo y atención por parte de Norma y con los ojitos reflejando su inocencia, aún la recuerdo como la tuviera enfrente de mi escribiendo estas madres. Sentí pena y ternura por ella, tal como la siento ahorita.
Masticando las flautas repletas más que de carne, de repollo veía hacia una puerta contigua a la cocina, la taza del baño sucio y para la otra puerta la que daba hacia el pasillo de la jodida vecindad. El platillo se me hizo eterno. ¿Como pudo haber caído en semejante pinche agujero?, era la pregunta que a cada rato se me venía a la cabeza. No disfruté las flautas.
Dándole un apretado y afectuoso abrazo me despedí de ella esperando que abriera los ojos y dejara a ese pinche enano vicioso.
De eso ya paso más o menos de una década, y al contrario de Renoreins (que fue por este post que me animé a escribir este), creo que la amistad, la verdadera amistad, es aquella parecida a una liga, que por más que ambas personas se separen, no se rompe. Yo estoy convencido de ello porque sé que si la busco y la encuentro, nos vamos a abrazar tanto y tan intensamente como si nada hubiera pasado, como si los días no hubieran pasado.
Ese "mañana u otro día" llego casi dos años después, una tarde que tomé la rutera en la Panamericana para ir al Tec; ahí iba ella, ya no sola, bueno, si iba sola pero embarazada. El gusto por vernos fue igual al de la vez que regreso de Durango pero esa vez fue menos efusivo. Me dijo que ya estaba viviendo con él (René) en una casa de por el centro de la ciudad; me dijo los días y horas la encontraba con su abuelita y con su mamá para planear ir a comer y de pasada visitarla. Un fin de semana, acordándome que aún no le entregaba los cassettes de Emmanuel y de El Pirulí a la mamá, preferí visitarla en la casa de la abuelita, allá por el centro de Juárez, ahí por la Velarde, a un lado de la Escuela Revolución. Lo que me dijo y peor, de lo que me di cuenta, me rompió el corazón y no me lo dijo ella, me lo dijo el brillo en los huidizos ojos de René.
Comprendiendo toda la trama del cuento en cuestión de un segundo, ella y yo nos encaminamos a la puerta por unas flautas a un puesto de la esquina. Las pidió con mucha crema y guacamole. Esperamos para que las preparara el cuarentón señor de camisa blanca percudida y delantal blanco. Tomamos el paquete y nos fuimos de regreso a la casa de Norma. Vimos que disimuladamente salía una persona flaca y alta, con aspecto de malilla. ¿Qué tendría que hacer un malilla con un vaquero botudo medio barrigón bajado de un pueblo de Durango con un cholo con pantalones aguados y camisa interior blanca desfajada? De lo que pensé antes de ir por las flautas ya no me quedaba duda. Seguía culeramente enganchado en las drogas.
Llegamos a la casa, nos sentamos y Norma abrió el paquete de flautas, su pequeña estaba con nosotros, con los cachetes delatando la falta de aseo y atención por parte de Norma y con los ojitos reflejando su inocencia, aún la recuerdo como la tuviera enfrente de mi escribiendo estas madres. Sentí pena y ternura por ella, tal como la siento ahorita.
Masticando las flautas repletas más que de carne, de repollo veía hacia una puerta contigua a la cocina, la taza del baño sucio y para la otra puerta la que daba hacia el pasillo de la jodida vecindad. El platillo se me hizo eterno. ¿Como pudo haber caído en semejante pinche agujero?, era la pregunta que a cada rato se me venía a la cabeza. No disfruté las flautas.
Dándole un apretado y afectuoso abrazo me despedí de ella esperando que abriera los ojos y dejara a ese pinche enano vicioso.
De eso ya paso más o menos de una década, y al contrario de Renoreins (que fue por este post que me animé a escribir este), creo que la amistad, la verdadera amistad, es aquella parecida a una liga, que por más que ambas personas se separen, no se rompe. Yo estoy convencido de ello porque sé que si la busco y la encuentro, nos vamos a abrazar tanto y tan intensamente como si nada hubiera pasado, como si los días no hubieran pasado.
No mi charro ahora si me tienes peor que ñora picada con teleniverla de telerisa, estas cabron pa' la narrativa
ReplyDeleteUn culebron en serio!!... que pcool
ReplyDeletesimpre me ha gustado como escribes, me encanta y bueno, ahora no fue la excepcion.
ReplyDeletecharrito, me urge hablar contigo, cuando crees q puedas estar en msn? necesito de tu opinion, sabes lo valiosa e importante q es para mi, por fas, dame unos minutos q siento q me esta cargando la tia de las muchachas.
Besos